Se entiende por posverdad –según el Diccionario Oxford- como un adjetivo que denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal.

En palabras simples diremos que la posverdad ocurre cuando en situaciones en las que, aunque debiera primar la razón, finalmente se impone la emoción, la creencia o la superstición.

Esta palabra (posverdad o post-truth en su lengua original) fue la “palabra del año 2016” según el prestigioso diccionario Oxford, en tanto que aquella fue la columna vertebral de acontecimientos políticos en los cuales se vertieron opiniones no debatibles, sino falsedades comprobadas, nos referimos al Brexit y las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Para algunos –como Rodrigo Uprimny- la posverdad no es nueva como política, sin embargo tuvo un salto cualitativo pues el triunfo de Trump y el Brexit mostraron que incluso en democracias respetables y sólidas, como la inglesa o la estadounidense, ganaron votaciones decisivas aquellos que más mentiras difundieron.

Ahora bien, cabe preguntarnos si ¿podríamos hablar de una política de la posverdad en Bolivia? La respuesta –lamentablemente- es afirmativa, y no solo porque aquello no es algo nuevo en nuestro país, verbigracia las campañas políticas que mayormente –por no decir siempre- han estado llenas de demagogos que han difundido mentiras para ganar elecciones; sino porque la tendencia política dominante desde hace algún tiempo atrás, ha evolucionado o involucionado –como prefieran llamarlo- en lo que conocemos como “populismo”, que curiosamente es la palabra del año 2016 para Fundéu BBVA.

A aquello hay que agregar que la posverdad se ha visto fortalecida por las redes sociales, que si bien tienen potencialidades democráticas, pero facilitan la circulación y masificación de falsedades. Pensamos que el gran acceso a la información en Internet nos habría convertido en personas con mayor capacidad y calidad de discernimiento. Sin embargo, se ha producido el efecto contrario, la hiperinformación ha dado lugar a hiperlectores, que no conocemos la realidad de los conflictos que nos rodean y damos por bien cualquier información interesante o cualquier imagen o testimonio y lo compartimos al mundo a través de las redes sociales.

En otras palabras, nos hemos hecho más permeables a sucumbir a las mentiras o falsedades, de manera que la verdad ya no importa, sino seguir un trending topic impuesto y seleccionado por algoritmos.

En ese sentido, la posverdad en el debate político boliviano es preocupante porque genera tres patologías democráticas que actualmente se presenta en nuestro país, por un lado, permite el engaño a los electores, es decir, no solo se concibe un minimalismo democrático, sino que aquél acto básico de elección además es erosionado por la mentira o falsedad, lo cual se traduce en que la noción misma de soberanía popular se ve erosionada.

De la misma manera, la política de la posverdad permite el ascenso al poder de demagogos corruptos que pueden llevar al quiebre de la democracia. Y finalmente, afecta la calidad de la discusión pública, en tanto no permite someter los argumentos empíricos y teóricos a la controversia para mostrar las debilidades y fortalezas de las distintas tesis políticas, con el fin de toma de decisiones más racionales.

No cabe duda que transitamos en una política de la posverdad en Bolivia, donde las falsedades circulan y son usadas impunemente y son incluso rentables políticamente, por lo que es necesario empezar a reflexionar sobre cómo enfrentar esta política de la posverdad desde abajo hacia arriba.